Y me acostumbré a la música. Me acostumbré a que fuera mi vía de escape, mi entrada a lo utópico.
Como el más drogadicto se engancha a su droga, yo dependía de ella. Llegar a casa, bajar las luces y darle al play. Vamos. Nunca me sentí sola, aunque realmente lo estaba, acostumbré a perderme en viejos rockeros desgastados, con historias sobre noches por Madrid. Una tras otra. Y en esos momentos me sentía volar, me sentía libre y me sentía yo.





